El implacable sol les apretaba el alma. Óscar bajó un poco el ala de su sombrero para que el brillo no le cegase, pero la arena hacia las veces de espejo, proyectando la luz solar como si todo el desierto fuera el mismísimo astro rey. Sin mediar aviso ambos comenzaron a andar a la vez.
Primer paso.
El pistolero, impertérrito e imperturbable, olfateó el aire en busca del miedo de su victima.
Segundo paso.
Óscar tenía la garganta tan seca que al aire al pasar le provocaba nauseas.
Tercer paso.
La sombra de ambos se alargaba grotescamente sobre el desquebrajado suelo.
Cuarto paso.
El sudor les entraba en los ojos escociendo.
Quinto paso.
Sexto paso.
Séptimo paso.
Óscar pensó en Lucy, en el beso, en el incendio.
Octavo paso.
El incendio... la huida de la policía...
Noveno paso.
...las alcantarillas... el pozo... La revelación se abrió paso en su cerebelo como un torrente de agua helada. Ahora lo recordaba todo, la pelea en las alcantarillas, el golpe en la cabeza y luego esto.
Décimo paso.
Óscar se volvió como un rayo y apuntó a la figura oscura del pistolero, que también le apuntaba ya a él. Apretó los dientes y usó el gatillo.
El sonido del disparo se clavó en los oídos de Óscar. Retumbó en el desierto como un terremoto desdibujando incluso las figuras de ellos dos. La bala impactó de lleno en el hombro derecho del pistolero empujando su cuerpo hacia atrás.
Óscar vio que el pistolero no había desenfundado, sino que tenía los dedos índice y corazón simulando un arma apuntando hacia él. El hombro de Óscar estalló en dolor justo en el momento en que la bala perforó el hombro del pistolero. Pensó por un instante que quizá le había dado a él también pero, por un momento, cuando sus ojos se entornaban por el dolor de su propia herida en las puertas del desmayo, supo que en realidad acababa de dispararse a sí mismo. Que el pistolero era él y él era el pistolero.
Los dos cayeron de espaldas sobre la arena. El sonido fue el de un bañista entrando en una piscina. Y así fue porque Óscar recuperó inmediatamente la consciencia pues, de pronto, se encontraba en el fondo de lo que parecía ser el mar. A su alrededor había cientos de peces. Pero estaban dormidos. Los oía roncar debajo del agua. Arriba del todo, a mucha distancia del fondo donde se encontraba él, estaba flotando el cuerpo del pistolero, de espaldas al fondo.
Óscar vio movimiento a su lado y tuvo miedo otra vez.
¿Y a esto cómo se juega?
Cada LUNES el blog se actualizará con una entrada que expondrá la situación actual de Óscar y se dará a elegir a los lectores entre tres opciones que representarán su futuro inmediato: dos de estas opciones vendrán preestablecidas por la dirección del blog (ego sum) y la tercera quedará abierta para que sea el público quien la sugiera. De vosotros depende que Óscar se convierta en un triunfador en la vida o en un mendigo harapiento, por mencionar solo dos de las infinitas posibilidades. Adelante.
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viernes, 18 de abril de 2008
miércoles, 16 de abril de 2008
1x06. El sueño de los peces. Parte III
Óscar abrió la puerta de su casa. Parecía que tanto su padre como su madre habían salido a trabajarya así que subió tranquilamente a vestirse. No recordaba cómo había llegado desde la universidad a casa, pero eso ya era lo de menos. Lo importante es que ya estaba a salvo de miradas.
Ya en su cuarto sacó algo de ropa de los cajones del armario y se vistió. Pensaba que si se daba prisa aún podía llegar a hacer algún examen. Una vez vestido se vio la vuelta y casi se cae de culo del susto.
Sobre su cama había un vaquero.
Un cowboy de los de los westerns, completamente vestido de negro que fumaba un cigarrillo mirándolo pacientemente.
-¿quién... quién es usted?- dijo Óscar retrocediendo.
El pistolero sopló el humo y apagó el cigarrillo sobre la mesita de noche de Óscar. Le miró y dijo seriamente:
-Muchacho, he venido a ayudarte.
-¿A ayudarme? No necesito ayuda.
El pistolero le miró de hito en hito.
-Vaya. Así que pretendes que me crea que no sabes dónde estás.
-Estoy... - dudó Óscar- en mi casa, ¿dónde voy a estar?
El pistolero soltó una carcajada y abrió su abrigo para que sus dos armas relucieran como rayos de sol extraviados.
-Entonces... ¿quieres decirme que no tienes ni idea?
Óscar tuvo de repente un flash de memoria, la frase "estás muerto", la alcantarilla, la tubería en la universidad.
-Estoy... ¿muerto?
-¡No!- rió el pistolero-, aún no al menos. Para eso he venido.
-¿Viene usted a matarme?
-O a darte la vida. La cosa es que te tienes que decidir, estás aquí sin decantarte por un lado o por el otro.
-Pero... los exámenes...
-Todo esto es mentira, Óscar, es falso. Lo estás creando tú porque estás cansado. Pero debes morir ahora o regresar al camino. ¿Qué me dices?
Óscar tenía la cabeza embotada. Todo era extraño y denso, el mismo aire era empalagoso al entrar por la boca.
-¿Qué debo hacer?
El pistolero sonrió. Sacó un arma de su cartuchera y se la acercó a Óscar, ofreciéndole por delante su empuñadura de sándalo. Óscar contempló el arma petrificado. En el cañón había tres letras grabadas. Las mismas que en su pulsera.
-Toma el arma y decide si quieres morir o luchar.
Óscar tragó saliva.
-Si quieres morir apunta a la cabeza y dispara. Si quieres luchar...- dejó ver el otro arma- tendrás que derrotarme. Al amanecer.
Óscar cogió el arma en sus manos.
Ya en su cuarto sacó algo de ropa de los cajones del armario y se vistió. Pensaba que si se daba prisa aún podía llegar a hacer algún examen. Una vez vestido se vio la vuelta y casi se cae de culo del susto.
Sobre su cama había un vaquero.
Un cowboy de los de los westerns, completamente vestido de negro que fumaba un cigarrillo mirándolo pacientemente.
-¿quién... quién es usted?- dijo Óscar retrocediendo.
El pistolero sopló el humo y apagó el cigarrillo sobre la mesita de noche de Óscar. Le miró y dijo seriamente:
-Muchacho, he venido a ayudarte.
-¿A ayudarme? No necesito ayuda.
El pistolero le miró de hito en hito.
-Vaya. Así que pretendes que me crea que no sabes dónde estás.
-Estoy... - dudó Óscar- en mi casa, ¿dónde voy a estar?
El pistolero soltó una carcajada y abrió su abrigo para que sus dos armas relucieran como rayos de sol extraviados.
-Entonces... ¿quieres decirme que no tienes ni idea?
Óscar tuvo de repente un flash de memoria, la frase "estás muerto", la alcantarilla, la tubería en la universidad.
-Estoy... ¿muerto?
-¡No!- rió el pistolero-, aún no al menos. Para eso he venido.
-¿Viene usted a matarme?
-O a darte la vida. La cosa es que te tienes que decidir, estás aquí sin decantarte por un lado o por el otro.
-Pero... los exámenes...
-Todo esto es mentira, Óscar, es falso. Lo estás creando tú porque estás cansado. Pero debes morir ahora o regresar al camino. ¿Qué me dices?
Óscar tenía la cabeza embotada. Todo era extraño y denso, el mismo aire era empalagoso al entrar por la boca.
-¿Qué debo hacer?
El pistolero sonrió. Sacó un arma de su cartuchera y se la acercó a Óscar, ofreciéndole por delante su empuñadura de sándalo. Óscar contempló el arma petrificado. En el cañón había tres letras grabadas. Las mismas que en su pulsera.
-Toma el arma y decide si quieres morir o luchar.
Óscar tragó saliva.
-Si quieres morir apunta a la cabeza y dispara. Si quieres luchar...- dejó ver el otro arma- tendrás que derrotarme. Al amanecer.
Óscar cogió el arma en sus manos.
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